lunes, 1 de junio de 2009

TEMPRANILLOS AL MUNDO. THE EXPERIENCE



Hace un año, este martes era lunes y gracias a un inesperado cambio de planes no me arrepentía de haberme perdido el Primavera Sound. Hoy martes, es martes, y después de una semana fuera del país vuelvo a alegrarme por los planes fallidos y las alternativas que consiguen mejorar el mejor festival.

En este caso la alternativa vino en forma de trabajo y de concurso, el Tempranillos al Mundo, que viene celebrándose desde el 2004 y del que este año he podido por fin formar parte, ¡y cómo!

Pero antes de comenzar con los recuerdos resaltar lo complicado que resulta este debate sobre los concursos de vinos y lo común que puede llegar a ser encontrarse a algunos de los propios catadores invitados despotricando acerca del mismo o asegurando su nula necesidad. Opiniones hay para todos los gustos y el mundo del vino no es una excepción, pero el debate requiere tiempo y a mí me queda mucho por aprender, así que aquí dejo mi opinión formal y paso a exponer las cosas absolutamente recomendables que me he permitido conocer en horas de trabajo:

Grappe: las dudas acerca de cómo sería el espacio alquilado para la celebración de las catas dejó de preocuparnos con el primer escalón que descendimos. El Grappe es exactamente el sitio donde tendría que trabajar si fuese sueca, un concepto de negocio fascinante, consistente en toda una galería de bodegas en alquiler para los ricachones de suecia que pueden permitirse ser socios y cuidar allí su vino. El Grappe cuenta, además, con una sala para eventos, catas y casi cualquier capricho propio de sibarita, disponiendo para ello de un inmejorable equipo de camareros-sumilleres de encantadora cordialidad sueca.
El Grappe fue nuestro hogar durante el tiempo que estuvimos allí más que el propio hotel. Demasiadas horas que no impidieron que volviésemos en nuestro único día libre para una cata improvisada a base de Champagne, tinto de la Toscana y quesos franceses dirigida por our favourite waiter, Emil.


Sture Hof: Si algo que hay que saber de Estocolmo es que nunca es de noche y, si lo es, conviene no despistarse porque cuando menos te lo esperas, ha vuelto a amanecer (lo que complica enormemente el concepto de mañaneo para aquellos que sufrimos bajonazo con el primer rayo de sol). A lo que iba, todo en Estocolmo sucede antes, no sólo los mañaneos sino también las cenas y como pretendas comer algo (y bien) a partir de las 10.00 pm. ya sabes lo que toca: Sture Hof. El único restaurante de calidad con cocina abierta hasta las 11 y en el que por causas de trabajo evidentes acabamos más de un día.
El Sture Hof es uno de esos garitos amplísimos con guapos y terraza. En cuanto a la cocina, vaya por delante que la sueca no es ninguna maravilla y a mi personalmente, me pone mala que contando con una calidad de pescados y mariscos tan alta se empeñen en ahogarlo todo en pesadísimas salsas con mantequilla. Dicho esto, también es cierto que dos de mis básicos preferidos tienen allí una excelente calidad, me refiero al salmón ahumado y a las ostras, que probamos en tantos sitios como nos fue posible y siempre con igual buen resultado. Entre otros platos recomendables del Sture Hof está el 'Sturehof's bouillabaisse with parmesan and rouille' pero sólo para estómagos curtidos.


Riche: el 'Richi' se encuentra en la misma calle del Sture Hof (y por tanto de nuestro hotel). "Una de las más pijas de Estocolmo" nos dirían luego, como si no nos hubiésemos dado cuenta! El Riche es, por partida doble, uno de los mejores resturantes de la ciudad ya que atravesando la cocina (que comparten) se llega a otro comedor de mismo dueño pero distinta filosofía. El Teatergrillen, la versión de gama alta del Riche, es pequeño, silencioso, discreto, de estilo más afrancesado que sueco y con platos limpios de las omnipresentes salsas suecas como el atún 'Nicoise' o el bacalao a la brasa con espárragos blancos. Y ostras.
El Riche (al otro lado de la cocina) es el hermano menor, con un local más luminoso y menos elegante pero con una cocina igualmente destacable para tratarse de Estocolmo.


Las cartas de vinos: Y si la comida no es lo mejor, ahí están las cartas de vinos para compensarlo. Lo que tiene un país no productor como Suecia que sin embargo cuenta con un alto consumo (Ai los jóvenes!), es la omnipresencia de cartas de vinos donde todas las regiones de vinos se ven representadas, impensables en un restaurante español no especializado. Nosotros optamos por hacernos fans de la Gruner Vetliner desde el momento cero. Uva austriaca que resulta en vinos secos y afrutados que combinan perfectamente, por ejemplo, con unas ostras Belon. Buenos recuerdos dejaron también un vinazo del napa, Turley Old Vine, que a pesar de sus 16º alcohólicos maridamos con atún y bacalao. Y uno de los mejores dulces del mundo, el Klein Constantia (South Africa).


El Vasa: 20 versiones distintas después todavía no acabo de tener claro las razones por las que el Vasa, el barco más impresionante que jamás he visto, se hundió haya por el XVII sin poder ser rescatado hasta un siglo después. Uno de esos pocos museos de visita obligada.
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Sky Bar: Al final no conocí los indie clubs de Estocolmo, pero ni falta que hizo. Un buen recuerdo es el de una noche aun por comenzar vista en 360º desde uno de los pisos más altos de la ciudad. Lucecitas.


Pero por supuesto, nada de esto habría sido igual sin la canción más bonita del mundo como permanente banda sonora




vinoPOP: Le Cupole 2006. Rosso Toscano. 14.5% Elegir entre tantos vinos disfrutados a lo largo de la semana pasada sería imposible, pero si tengo que recordar, a fine memory sería la de la cata fascinante que compartimos con Emil, y ese vino de la Toscana abierto sólo para nosotros.